La adopción de tecnologías digitales en las residencias de mayores ha pasado de ser una opción de modernización a una necesidad imperativa para la sostenibilidad del sistema. La transición desde los registros en papel hacia los sistemas de Historia Clínica Electrónica (HCE) y plataformas de gestión integral busca optimizar el tiempo de los profesionales y mejorar la precisión de los datos. Sin embargo, este proceso de transformación tecnológica a menudo ignora la curva de aprendizaje necesaria para quienes realizan la atención directa. El personal asistencial, compuesto mayoritariamente por auxiliares de enfermería y gerocultores, se enfrenta a herramientas que no siempre son intuitivas o que no se adaptan a sus flujos de trabajo reales.
El estudio de Frontiers destaca que el perfil demográfico del personal de cuidados influye notablemente en la adopción tecnológica. En muchos casos, nos encontramos con plantillas con una media de edad elevada que no han crecido en entornos digitales, lo que se traduce en una mayor resistencia inicial. No se trata de una incapacidad cognitiva, sino de una falta de exposición previa y formación específica diseñada para el entorno sociosanitario.
La tecnofobia o el miedo a cometer errores que afecten al residente es una barrera psicológica significativa. Muchos trabajadores sienten que el uso de tablets o terminales de punto de atención les quita tiempo para lo que consideran su labor principal: el cuidado humano y directo del mayor.
La elevada carga de trabajo en las residencias deja poco margen para la formación continua. Cuando se introduce un nuevo software, la capacitación suele ser apresurada y teórica, sin permitir que el personal asimile las funciones de forma práctica en su puesto de trabajo. Esto genera frustración y un uso ineficiente de las herramientas implementadas.
Existe una brecha evidente entre lo que las direcciones de los centros y las administraciones públicas planifican y lo que finalmente ocurre en los pasillos de las residencias. Las políticas de digitalización suelen centrarse en la adquisición de hardware, pero olvidan que la verdadera transformación digital es cultural y educativa. La investigación mencionada subraya que, sin una estrategia de alfabetización digital robusta, la inversión en tecnología corre el riesgo de convertirse en un gasto improductivo.
Las subvenciones para la digitalización de centros a menudo exigen resultados inmediatos en términos de implantación técnica, pero no siempre financian las horas de formación necesarias para el personal. Esto crea una presión añadida sobre los gestores de residencias, que deben equilibrar la implementación de nuevas herramientas con ratios de personal ajustados.
Es común encontrar centros con conectividad Wi-Fi deficiente o dispositivos desfasados que dificultan la labor del trabajador. Si a una conexión inestable le sumamos un personal que no domina la herramienta, el resultado es el abandono del sistema digital y la vuelta al "pos-it" o al registro manual, lo que duplica el trabajo y aumenta el riesgo de errores en la medicación o en el seguimiento de constantes.
A pesar de los obstáculos, el estudio de Frontiers también identifica oportunidades para convertir esta brecha en una ventaja competitiva para los centros. La tecnología, bien aplicada, puede empoderar al personal y devolverles tiempo de calidad para la atención directa. El reto es transformar la percepción de la tecnología: de ser una "carga administrativa" a ser un "aliado asistencial".
La digitalización permite una trazabilidad total de las intervenciones. Un personal debidamente formado en competencias digitales puede detectar patrones de deterioro en los residentes de forma temprana gracias al análisis de datos en tiempo real. Esto no solo mejora la salud del mayor, sino que dota al profesional de una herramienta de respaldo legal y profesional ante posibles incidencias.
Ofrecer formación técnica de calidad es un incentivo para los trabajadores. En un sector con alta rotación como el sociosanitario, la capacitación en nuevas tecnologías profesionaliza el rol del gerocultor, haciéndolo sentir parte activa de la modernización del centro. Los entornos que facilitan el aprendizaje digital suelen presentar mayores niveles de satisfacción laboral.
Para que la integración tecnológica sea exitosa, la formación debe ser continua, personalizada y contextualizada. No basta con un curso de una tarde; se requiere un acompañamiento en el que los trabajadores más hábiles digitalmente actúen como "mentores" de sus compañeros.
| Elemento Clave | Impacto en la Gestión | Solución Propuesta |
| Alfabetización Digital | Baja eficiencia en registros | Programas de formación continua y práctica |
| Diseño de Software | Frustración del personal | Herramientas con diseño centrado en el usuario |
| Infraestructura Técnica | Pérdida de datos por desconexión | Inversión en redes robustas y hardware moderno |
| Cultura Organizacional | Resistencia al cambio | Liderazgo participativo y mentoría entre pares |
La brecha de habilidades digitales será aún más relevante con la llegada de la Inteligencia Artificial y la robótica social a las residencias. Estos sistemas requieren una comprensión básica de cómo interactuar con máquinas inteligentes y cómo interpretar los resultados que ofrecen. Si no cerramos la brecha actual en el manejo de HCE o aplicaciones básicas, el sector quedará excluido de la próxima gran revolución tecnológica en los cuidados.
El éxito de la IA en residencias dependerá de la capacidad de las plantillas para supervisar y alimentar estos sistemas. La tecnología nunca sustituirá el calor humano, pero el profesional del futuro será aquel que sepa combinar la empatía tradicional con el análisis de datos masivos para ofrecer un cuidado personalizado y preventivo.
La investigación de Frontiers deja claro que la transformación digital en las residencias de mayores es un proceso social antes que técnico. La brecha de habilidades digitales en el personal asistencial es un desafío de gestión que requiere políticas activas de formación y una infraestructura adecuada. Para portales como Gestión y Dependencia, queda patente que el éxito de los centros del siglo XXI no se medirá solo por sus instalaciones, sino por la capacidad de sus plantillas para navegar con seguridad en un entorno digitalizado. Cerrar esta brecha no solo es una cuestión de eficiencia operativa, es una obligación ética para garantizar la mejor atención posible a nuestros mayores en un mundo tecnológicamente avanzado.
https://www.frontiersin.org/journals/digital-health/articles/10.3389/fdgth.2024.1374567/full