La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ha publicado el informe Promoting Social Connectedness Through Food, que examina el papel de las actividades relacionadas con la alimentación como vía para reforzar los vínculos sociales y combatir la soledad y el aislamiento. El informe, publicado en julio de 2026, pone el foco en cómo cultivar, preparar y comer alimentos con otras personas puede generar oportunidades accesibles y adaptables de conexión social, especialmente para personas mayores y colectivos con mayores barreras de participación comunitaria.
Compartir comida es una de las prácticas más universales y culturalmente arraigadas en todas las sociedades.
A diferencia de otras intervenciones sociales, las actividades alimentarias son accesibles económicamente, no requieren habilidades especiales para participar y pueden adaptarse a distintos contextos, capacidades y culturas.
El informe argumenta que este carácter universal y flexible hace de la alimentación compartida una herramienta especialmente valiosa para abordar la soledad desde una perspectiva comunitaria y de bajo coste.
El informe distingue tres tipos de actividades con potencial para generar conexión social.
La primera es cultivar alimentos juntos, como los huertos comunitarios y los programas de agricultura urbana.
La segunda es preparar alimentos conjuntamente, como los talleres de cocina, los grupos de elaboración de recetas y las actividades culinarias intergeneracionales.
La tercera es comer juntos, desde los comedores comunitarios hasta los programas de comidas compartidas en centros de mayores, pasando por iniciativas de vecindario.
Las actividades alimentarias compartidas no solo mejoran la conectividad social.
El informe señala que generan también mejoras en el bienestar general, mayor acceso a una alimentación más saludable, actividad física cuando implican cultivo o preparación y un sentido de propósito y pertenencia que combate el aislamiento emocional.
El informe identifica a las personas mayores como uno de los colectivos con mayores barreras de participación social y, por tanto, uno de los que más puede beneficiarse de las intervenciones basadas en la alimentación compartida.
Las actividades culinarias y de comensalismo son especialmente adecuadas para este colectivo porque se adaptan bien a distintos niveles de movilidad, no requieren habilidades digitales y conectan con experiencias vitales y culturales previas.
El informe menciona también a personas en situación de desventaja socioeconómica, migrantes, personas con problemas de salud mental y otros colectivos con mayores dificultades de participación comunitaria como grupos prioritarios para este tipo de intervenciones.
El informe no solo identifica el potencial de las actividades alimentarias sino que extrae lecciones de casos de estudio sobre cómo diseñarlas para que sean efectivas.
El primero es el apoyo de voluntarios, que resulta determinante para la sostenibilidad de muchos programas.
El segundo es la colaboración intersectorial, que permite combinar recursos de administraciones públicas, organizaciones sociales, empresas de alimentación y comunidades locales.
El tercero es la evaluación rigurosa, que el informe identifica como una carencia frecuente: la mayoría de los programas existentes carecen de evidencia sólida sobre su impacto real.
El cuarto es la adaptabilidad, que permite que un mismo modelo funcione en contextos muy diferentes con ajustes menores.
El informe es honesto sobre las limitaciones de la evidencia disponible.
La mayoría de los programas de comida compartida como estrategia antiaislamiento carecen de evaluaciones rigurosas que permitan medir su impacto real de forma comparable entre contextos.
Esto no invalida su potencial, pero sí señala la necesidad de invertir en evaluación como condición para escalar estas iniciativas con garantías.
El informe recoge el caso de Share Kai en Christchurch, Nueva Zelanda, una iniciativa comunitaria creada en 2022 en la que "kai" significa "comida" en te reo māori, la lengua indígena del país.
La iniciativa reúne a personas de orígenes culturales diversos en torno a la preparación y el consumo colectivo de alimentos, con el objetivo de construir vínculos comunitarios en un barrio con alta diversidad cultural.
| Tipo de actividad | Ejemplos | Grupos especialmente beneficiados |
|---|---|---|
| Cultivar juntos | Huertos comunitarios, agricultura urbana | Personas mayores, vecinos de zonas urbanas |
| Preparar juntos | Talleres de cocina, grupos culinarios intergeneracionales | Personas mayores, migrantes, jóvenes |
| Comer juntos | Comedores comunitarios, programas de comidas compartidas | Personas mayores solas, personas en situación de pobreza |
Las actividades de cocina y comensalismo compartido ya forman parte de la rutina de muchos centros de mayores, pero habitualmente se gestionan como actividades de ocupación o nutrición, no como intervenciones de conectividad social con objetivos específicos.
El enfoque del informe de la OCDE invita a repensar estas actividades como herramientas con potencial terapéutico y social medible, lo que implica diseñarlas con más intención, hacerlas participativas y evaluarlas de forma sistemática.
Los programas que combinan personas mayores con otros grupos de edad en torno a actividades culinarias tienen un doble beneficio: combaten la soledad de las personas mayores y reducen el edadismo al crear contextos de relación igualitaria entre generaciones.
Este tipo de intervenciones son especialmente relevantes en el contexto de los programas de convivencia intergeneracional que están creciendo en España.
El informe subraya que las iniciativas más sostenibles son las que combinan recursos de distintos sectores.
En el entorno sociosanitario español, esto apunta a la colaboración entre residencias y centros de día, entidades del Tercer Sector, administraciones locales y empresas de restauración colectiva como vía para desarrollar programas de comida compartida con mayor alcance e impacto.
La OCDE publica un informe que analiza el potencial de las actividades alimentarias compartidas para combatir la soledad y el aislamiento social, con especial atención a las personas mayores y otros colectivos vulnerables.
El informe concluye que cultivar, preparar y comer alimentos con otras personas es una estrategia accesible, adaptable y con potencial comunitario, aunque señala la necesidad de evaluaciones más rigurosas para demostrar su impacto real a escala.
Claves del informe:
https://www.oecd.org/en/publications/promoting-social-connectedness-through-food_1fdd5254-en.html